Joanna Maciejewska, escritora polaca, puso hace poco en la palestra una reflexión que como equipo venimos dándole vueltas hace un tiempo: “Quiero que la IA lave mi ropa y los platos para poder hacer arte y escribir, no que la IA haga mi arte y escritura para que yo pueda lavar la ropa y los platos”.
Esto nos lleva a una duda ineludible: ¿Cuáles son realmente los límites de la inteligencia artificial? ¿En qué momento entramos en este delirio colectivo donde todos usamos la IA sin criterio, delegándole incluso actividades que llegan a ser irrisorias?
Si cedemos una parte tan significativa de nosotros mismos, como lo es nuestra propia voz, ¿qué nos queda entonces? ¿Qué pedazo de humanidad sobrevive cuando entregamos algo tan íntimo y nuestro como el pensamiento crítico?
A estas alturas, ya no deberíamos estarnos preguntando qué más puede hacer la IA por nosotros. La verdadera pregunta es hasta qué punto estamos dispuestos a convertirnos en un colectivo que genera opiniones en masa, replicando contenido viral sin darle siquiera una segunda vuelta.
El arte y la escritura siempre han sido herramientas subversivas. Ya lo decía Alejandra Pizarnik:
”Escribo para que no suceda lo que temo; para que lo que me hiere no sea; para alejar al Malo. Se ha dicho que el poeta es el gran terapeuta. En este sentido, el quehacer poético implicaría exorcizar, conjurar y, además, reparar. Escribir un poema es reparar la herida fundamental, la desgarradura. Porque todos estamos heridos (…)”.
Y si bien nosotros no escribimos poesía, trabajamos con ideas. Y las ideas tienen la posibilidad de cambiar el mundo, de revolucionar las cosas. En este sentido, vale la pena detenernos y preguntarnos: ¿Realmente queremos perder esa voz que tanto nos ha costado construir?
Preguntémonos dónde están nuestros propios límites y hasta dónde, de verdad, queremos automatizarlo todo.

